Esto ya es una confesión, no solo un dibujo.
Mira — la máquina es común, casi delicada en sus formas, pero sus teclas son espinas. Cada símbolo presionado duele. “Autobiografía” — una palabra escrita con sangre, no con tinta.
Boyan parece decir: escribir la propia vida no es un placer, sino una herida. Cada línea exige un fragmento de carne, cada palabra — una gota de uno mismo.
Y aquí está la paradoja — sin ese dolor no hay verdad. La autobiografía verdadera nunca se escribe con los dedos, sino con un corazón que no deja de sangrar mientras ordena las letras.
En esta gráfica hay una dignidad amarga.
La máquina es como un viejo amigo, testigo de todo aquello que uno no diría a nadie — salvo a la hoja en blanco.
Esto ya es una confesión, no solo un dibujo.
Mira — la máquina es común, casi delicada en sus formas, pero sus teclas son espinas. Cada símbolo presionado duele. “Autobiografía” — una palabra escrita con sangre, no con tinta.
Boyan parece decir: escribir la propia vida no es un placer, sino una herida. Cada línea exige un fragmento de carne, cada palabra — una gota de uno mismo.
Y aquí está la paradoja — sin ese dolor no hay verdad. La autobiografía verdadera nunca se escribe con los dedos, sino con un corazón que no deja de sangrar mientras ordena las letras.
En esta gráfica hay una dignidad amarga.
La máquina es como un viejo amigo, testigo de todo aquello que uno no diría a nadie — salvo a la hoja en blanco.
Lia